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    La idea destruida (I de III).

    “Me gustaría que mi arquitectura sirviera NO para alcanzar la fama, sino para hacer felices a los hombres, NO para ser fotografiada, sino para ser vivida, NO para nuestro tiempo, sino para siempre.”
    Quién así habla es Alberto Campo Baeza. Este arquitecto ha tratado desde sus inicios en este mundo de crear una construcción de su idea, un hecho extremadamente escaso, ya que demasiadas veces los arquitectos se pliegan a diversas tentaciones y no hacen sino empeorar el de por si ya mediocre panorama urbanístico.

    En la actualidad las directrices de la ciudad contemporánea son tres:

    El despotismo urbanista. Un todo vale en pos de una ficticia mejora económica, ya sea para una entidad pública o para un bolsillo privado.

    El Totum revolutum. Lo que se ha venido a llamar el efecto Guggenheim. Toda ciudad quiere tener un elemento de la alta cocina arquitectónica, un Calatrava, un Hadid, o un Nouvel.

    El hastío institucional. Tanto técnicos como funcionarios han llegado a un momento de hastío en el que no se preocupan nada más, si acaso, que de que todo funcione más o menos bien.

    El despotismo urbanista.

    A nadie se le escapa que desde los años sesenta España ha sufrido un incremento en su masa urbana muy elevado. Pero nada comparable a lo visto en la última década. Megaurbanizaciones en medio de la nada, como Seseña como mástil emblema; crecimientos de un 100% y mayores en pueblos sin que haya una economía productiva asociada y mucho menos unas dotaciones equivalentes a esos porcentajes; residenciales turísticos (con o sin campos de golf) en localizaciones imposibles…

    Aunque les pese a mucho, las tonterías se acaban pagando tarde o temprano. El crecimiento descontrolado de las ciudades ha sido de la peor forma posible. No hay ni criterios de calidad material o ambiental y muchos menos formal, conceptual o mera superficialidad estética.

    Hemos consolidado auténticos monstruos salidos de la avaricia de unos y de la estupidez de otros y ahora tenemos un panorama que no lo quisiera para sí ningún país con una pequeña vocación arquitectónica, fruto de un crecimiento anclado en las ideas y formas de siglos pasados pero con las potencialidades y la tecnología del actual. Una combinación tan peligrosa como real.

    La ciudad actual no habría de haber crecido y seguir haciéndolo en consonancia a lo que juzgan más provechoso, en cualquier sentido, los políticos, sino a lo que es mejor para los ciudadanos, y deben ser arquitectos, sociólogos, incluso biólogos los que aconsejen y en última instancia puedan decidir. Es evidente que los economistas y empresarios tendrán un papel destacado, pero no debería salirse de su ámbito, aunque éste se haya de tener en cuenta en el diseño de la ciudad.

    Lo que no podemos es continuar con un modelo de ciudad que solo se basa en la economía, una ciudad que no es sino el mayor campo de negocio jamás creado. La ciudad es para vivir, no para especular, ya que sino abocaremos a toda la sociedad a un futuro por desgracia nada incierto.

    Lo peor de todo es que alternativas las hay desde hace décadas, incluso en España, pero casi siempre acaban como el Plan de Argel de Le Corbusier, en mera teoría por culpa de los responsables que ha de llevar a cabo las iniciativas necesarias para que sea una realidad y no otra nueva teoría urbanística. Da miedo estudiar los proyectos de ACTAR o Guallart y ver lo mucho que piensan algunos y lo poco que hacen otros.
    Y lo más triste es ver como seguramente nada de esto cambie, ya que si por algo se caracteriza una ciudad es por su inmovilismo, culpa de los que viven en ella, no de ella misma.

    Ni siquiera la moda de la sostenibilidad ha servido para hacer algo más común el sentido común. Dentro de poco esta moda pasará, como lo han hecho otras, y casi nadie tendrá en cuenta este aspecto a la hora de proyectar, y mucho menos de construir, aunque hay que ser algo ingenuo para pensar que ahora sí se tiene en cuenta…

    Dicen de los arquitectos que se ven a ellos mismos como los portadores de la llama iluminadora en medio de la oscuridad de la sociedad. Dicen que se creen en posesión de una verdad que los demás no entienden, y que luchan por hacer ver esa luz. Evidentemente la mayoría de ellos estarán equivocados pero, ¿Y si tampoco hacemos caso al que tiene razón?

    2 Responses to “La idea destruida (I de III).”

    1. mapashita80 says:

      Hola Felicidades por el artículo. A ver como termina esto porque me dejas con la curiosidad

      Un besazo

    2. pfunes says:

      Me gustan los términos que empleas para definir la situación urbanística actual.

      Poco más que añadir al despotismo urbanista que no hayas dicho ya, pues supongo que la destrucción de los centros históricos entrará a formar parte del “Totum Revolutum”.

      Enhorabuena por el artículo.

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