Una película sobre un arquitecto: El Manantial
Este es el título de una película de 1949, con King Vidar como director y Gary Cooper Patricia Neal como protagonistas principales. Narra la vida de un joven y brillante arquitecto que empieza su carrera en Nueva York; firmemente convencido en los principios de la modernidad (modernidad reducida, como no podría ser de otro modo en Estados Unidos, al Estilo Internacional) se encuentra con el rechazo de una sociedad que sigue mirando hacia el pasado y pretende revestir la modernidad de clichés antiguos. El arquitecto, indignado ante lo que considera un ataque a su creatividad, prefiere marcharse de la ciudad y emplearse como cantero. Allí inicia una historia de amor con una rica hacendada tan rebelde como él, aunque ella desconoce su pasado como brillante arquitecto y lo considera un simple obrero.
Con el tiempo llega nuevamente la oportunidad al arquitecto y puede construir un atrevido edificio que pronto será objeto de la ira de una revista amarilla, “The Banner”. Varios son los intereses que se unen para lograr su caída: sectores tradicionalistas contrarios a la estética del estilo internacional, periodistas de “The Banner” que emplean la demagogia para hundir al arquitecto y finalmente otros arquitectos que firman en masa un alegato contra él, movidos por el recelo que la brillantez provoca sobre la mediocridad. El arquitecto ve hundirse nuevamente su carrera y debe recurrir a encargos pequeños para resurgir, cosa que no le importa, pues, en sus propias palabras: “no me importa que proyecto hacer siempre y cuando sea mi arquitectura la que se haga”. En su tercer triunfo se reencuentra con la chica altiva que conoció en las canteras, pero la historia ha cambiado y ella está casada con el director de “The Banner”, quien ha acabado por admirar al arquitecto e incluso le ha encargado su casa de campo. El arquitecto es ahora admirado por todos, aunque sigue encontrándose con clientes reacios a su estética, que él defiende por encima de todo.
En un determinado momento, pensando que tal vez lo que rechazan es su nombre más que su estilo, ofrece a un amigo el proyectarle un gran complejo residencial sin cobrar nada, con la única condición de que el proyecto se ejecute tal cual el lo diseñó. Sin embargo, la magnitud del proyecto y la malicia de ciertos sectores que saben que el proyecto es cosa del arquitecto obligan a su amigo a contratar otros que quieren aportar su propio sello además de las exigencias de los promotores de darle al proyecto un aspecto más “comercial”, sustituyendo los limpios muros cortina de vidrio por una amalgama de huecos individuales, balcones y ornamentación clásica sacada de contexto. El arquitecto, enojado ante lo que considera un ataque a su creación, decide dinamitar las obras. Ante su inminente juicio y condena, la prensa amarilla nuevamente arremete contra él, considerando que los genios creativos son dañinos para la sociedad debido a su indomabilidad y a la sensación de mediocridad que dejan en el cuerpo profesional. Durante el juicio, el arquitecto hace un brillante alegato en defensa de su creatividad y genio individual, que acaba cautivando a juez y jurado. Declarado inocente, el director de “The Banner” le encarga su última obra, el rascacielos más alto de la ciudad, con la condición de no volverle a ver, ya que ha descubierto toda la historia de amor entre el arquitecto y su esposa. Acto seguido se suicida, los amantes pueden casarse y el arquitecto disfruta de los honores de ver su gran obra construida y admirada.
Generalmente la profesión del arquitecto se trata muy de pasada en el cine (caso distinto son los documentales sobre arquitectos mediáticos, muchas veces promocionados por ellos mismos). Los arquitectos, o son personajes secundarios, o su profesión queda relegada a un segundo plano para enfatizar otros aspectos de la trama argumental. Sin embargo aquí la trama gira en torno a la profesión, la teoría arquitectónica moderna, su conflicto con la tradición americana, la búsqueda del poder, la libertad del acto creativo o el conflicto del genio con la mediocridad. Podríamos afirmar que es el drama sobre el arquitecto moderno; el arquitecto que, desligado de la tradición, intenta adoctrinar a la sociedad sobre las virtudes de la modernidad, transformadas aquí ya en ímpetu y genio creativo. Ya no estamos en la Europa de entreguerras que experimentaba con las vanguardias en busca de un mundo mejor; estamos en los Estados Unidos triunfantes de después de la Segunda Guerra Mundial, una nación que ha logrado salir de la Gran Depresión y empieza a convertirse en una potencia mundial que necesita expresarse también arquitectónicamente. Y la expresión arquitectónica americana desde la Gran Depresión es el Estilo Internacional, convertido ya en opción preferente frente a un “clasicismo americano” en decadencia.
Pero el clasicismo americano, a diferencia del caso europeo donde fue aplastado por una modernidad triunfante, plantó cara a la modernidad. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el clasicismo en el continente americano se considera símbolo y garantía de las democracias emancipadas de las potencias europeas, lo que le exime de todas las connotaciones negativas asociadas al Antiguo Régimen o los totalitarismos. Este conflicto entre modernidad y tradición se refleja de forma permanente si bien no directa, oculto tras la polémica sobre la autonomía del genio creativo frente a los clientes y la sociedad. Temas como la falta de vivienda, la seguridad estructural, la desconfianza ante los nuevos sistemas constructivos (hormigón y vidrio) frente a soluciones más convencionales (estructura de acero y cerramientos de fábrica), también tienen su sitio en la trama argumental.
Con un fin claramente propagandístico de la modernidad del nuevo modo de vida americano, renovado por los artistas y genios europeos emigrados durante y tras la guerra, esta película nos ofrece un panorama de las expectativas e ilusiones del arquitecto moderno de segunda generación, que encontró el camino de la modernidad allanado para llevarla a sus más altas cotas. Sin rivales destacables por desbancados y prácticamente desprovisto de los compromisos sociales y políticos de la primera modernidad, ésta convertida en “Estilo Internacional” triunfará por el mundo durante otros veinte años, dando a luz a arquitectos como el personificado por gary Cooper.

Agosto 12th, 2008 at 22:55
Ya ves, esta peli la veía algo exagerada al ser tratada con la típica “mentalidad” de la época del honor y todas esas historias típicas del más puro estilo yanky de los años 30. Claro, eso fue antes de empezar la carrera… Luego me enteré que está “basada” en la novela del mismo nombre, que a la vez se “basa” (siempre entre comillas) en la vida de Frank Lloid Wright (o al menos en su “actitud”).
Lejos de que guste o no, es un clásico, y siempre es curioso ver cómo no pueden “ver” desde otro punto de vista (aunque sea en uno de hace casi ya 80 años).
Agosto 24th, 2008 at 18:02
Mira por donde que mencionan esta película en esta noticia
http://www.laopiniondemalaga.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2008082400_5_200738__Opinion-cine-arquitecto
Un besaso y por cierto ya la tengo en mi poder XDXD
Septiembre 9th, 2008 at 10:32
Un mes más tarde de lo que hubeira querido por fin puede ver esta película.
Decir que coincido contigo en tu conclusión, pero yo veo que la parte de la arquitectura es casi un punto obviable, ya que podría haber sido la vida de un pintor o escultor.
Como anécdota decir que se le pidió a Wright presupuesto para poder usar sus bocetos en la película y que pidió tantísimo dinero que tuvieron que usar otros.
Supongo que, en el fondo, “la pela es la pela”.