10 de Marzo de 2010Entre todos la mataron y ella sola se murió. A propósito de la demolición de la Iglesia de San Francisco de Almazán.

La villa soriana de Almazán albergaba hasta el 24 de Febrero de 2010 uno de los conjuntos deconstructivistas (en el más puro sentido del término y la corriente arquitectónica que lleva su nombre) más interesantes de España. Su arquitecto,Javier Bellosillo, deconstructivista nacional por antonomasia, sorprendió al mundo con un conjunto brutal (por brutalista) de formas casi primigenias. Los diferentes edificios, a pesar de su aparente aleatoriedad, se organizan en torno a una serie de ejes que a pesar de marcar recorridos, están lo suficientemente difuminados como para desorientar al feligrés. El arquitecto Jaume Prat hace en su blog “Arquitectura entre otras cosas” una magnífica descripción de revista sobre el conjunto (Una Iglesia Adnamantina). En este enlace se puede ver una selección de fotografías y planos del complejo (ver).

Planta general del Centro Parroquial

Sin embargo, ni los planteamientos proyectuales del señor Bellosillo, ni la enardecida defensa del señor Prat y los Amigos del Museo Numantino han logrado impedir en primer lugar el fracaso del conjunto como complejo parroquial ni, en segundo lugar, su demolición, calificada por este último como “indigencia cultural” (título de otro artículo suyo como denuncia previa a la demolición y cuya lectura también recomendamos).

A la vista de los escombros, debemos reflexionar nuevamente sobre los fracasos de la arquitectura contemporánea para dar respuesta a las necesidades de la sociedad. La arquitectura tiene una marcada dimensión social y utilitaria: un pintor o un escultor pueden sumirse en un proceso conceptualista para crear una obra de arte al servicio de la sociedad, aunque esta no la aprecie o la entienda. Pero la obra del arquitecto debe ser útil y duradera para la sociedad, que además debe aceptarla y comprenderla para habitarla y hacerla suya. El complejo parroquial de Almazán sufrió el rechazo de los feligreses desde casi su inauguración en 1988, lo que unido a graves problemas de confort y habitabilidad hicieron que en un año se cerraran los edificios y lentamente fuera cayendo en el olvido hasta convertirse en un lugar ruinoso, insalubre y víctima de actos vandálicos que obligaron a cercarlo con una valla, lo que terminó de aislarlo del barrio en el que se ubicaba.

Exteriores e interior del complejo en su lamentable estado actual. Fotografías del Arquitecto Jaume Prat.

Esta demolición ha abierto además un debate sobre la conservación de nuestro Patrimonio Arquitectónico históricamente más inmediato, pues muchos consideran que el complejo debiera haberse conservado a toda costa por su calidad espacial y compositiva. Lamentablemente estas iniciativas, como en el caso de la Pagoda de Fisac – demolida en 1999, suelen llegan tarde. El complejo podría haber sobrevivido como centro cultural, con la Iglesia y la Capilla transformadas en auditorios y otras dependencias transformadas en salas multifuncionales. Pero se habría traicionado la mística con la que el arquitecto pretendió dotar esos edificios religiosos y por tanto la propia génesis proyectual de los mismos. A ese respecto conviene recordar las palabras de Ciro Lomonte al respecto de la arquitectura religiosa moderna:

“Las iglesias modernas no convencen. Al visitarlas, se percibe la dificultad de los contemporáneos para expresar lo trascendente en las obras de arte sacro. (…) En estos ambientes enajenantes no se logra establecer relación alguna con Dios ni con los hombres. Se advierte a veces la soledad como en ningún otro espacio. Y uno piensa que la iglesia ya no es el lugar donde se ora, sino donde tiene lugar la asamblea, precisamente como ocurre en las aulas de culto protestantes.

La arquitectura moderna del siglo XX también ha producido obras de arte en este ámbito. El problema es que son un monumento del arquitecto a sí mismo, como el santuario de Ronchamp, de Le Corbusier, o las iglesias de Alvar Aalto. Desde este punto de vista no son arquitecturas logradas, ya que podrían emplearse para otros fines, operación que resultaría imposible en el caso de la catedral de Chartres o de S. Carlino alle Quattro Fontane.”

Ciro Lomonte, Un alma para el espacio litúrgico. Revista Humanitas, Santiago del Chile, n° 36, octubre-diciembre 2004

Por tanto, a la hora de pensar el por qué ha tenido que ocurrir esto no puede buscarse un sólo culpable: el arquitecto fue incapaz de crear un espacio religioso con el que los feligreses se sintieran identificados, pero a pesar de ello creo unos espacios sumamente interesantes que bien habrían servido como decorado para una representación de La Flauta Mágica. Los feligreses probablemente esperaban encontrar una Iglesia que recogiera la gran tradición artística de la Iglesia, y no supieron valorar la elegante mística deconstruída de sus edificios. El Obispado tampoco apostó por el conjunto, dejándolo languidecer sin intentar mejorarlo.

Por encima de todo, la arquitectura moderna, que en su ahistoricidad, no fue capaz de formar al arquitecto en algo más sensible a la realidad social de una villa de soria (y no a un flamante barrio de nueva construcción de una ciudad industrial como Madrid o Barcelona); tampoco dio ilusión ni humanidad al pueblo, que se volvió anómico en sus bloques grises de vidrio y hormigón; y por supuesto, tampoco fue capaz de dar nuevos vientos a una Iglesia que después de los experimentos posconciliares parece querer volver a unas formas preconciliares de las que tal vez no debió salir. Por último, como obituario por estas ruinas deberíamos entonar el que hizo Colin Rowe para la propia arquitectura moderna (ver). Y como si de un nuevo Pruitt Igoe se tratase, podríamos certificar que el Deconstructivismo murió en España una fría mañana de febrero del año 2010.

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