23 de Abril de 2010Juliano el Apóstata y la Arquitectura Moderna
Flavio Claudio Juliano fue emperador romano entre el año 361 y 363 d. C. Último representante de la casa de Constantino, también lo fue del Paganismo frente a un imperio plenamente cristiano. Juliano destacó antes en la filosofía que en las dotes que gobierno, que le vinieron accidentalmente tras la ejecución de su hermano Galo en 355, cuando fue nombrado César de la pars occidentales del Imperio; y tras la fortuita muerte de su tío Constancio en 361 asumió como Augusto el mando de todo el Imperio.
Los logros militares de Juliano acabaron en una desastrosa campaña contra Persia que le costó la vida. A pesar de los éxitos iniciales, el emperador, azuzado por magos y adivinos, emprendió una marcha por el desierto con el objetivo de emular a Alejandro Magno, de quien se creía reencarnación. Pues a pesar de ser un gran filósofo heredero de la edad de dorada del pensamiento ateniense, Juliano también fue un crédulo supersticioso cuya ferviente defensa del paganismo ensombrece su gloria. Sin embargo, en el paganismo de Juliano hay más resentimiento hacia el naciente cristianismo que verdadera devoción por los dioses del Olimpo. Edward Gibbon, en su monumental “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano”, dedica un elocuente panegírico a la figura del último emperador pagano:
(…) Al estudiar detenidamente, y quizás con malicia, el retrato de Juliano, echamos de menos algún requisito, algún realce para la cabal perfección de su estampa. Su genio era menos poderoso y esclarecido que el de César y no poseía tampoco la prudencia consumada de Augusto. Las virtudes de Trajano aparecen más sólidas y naturales, y la filosofía de Marco Aurelio resulta más sencilla y consistente. Sin embargo, Juliano enfrentó la adversidad con entereza y la prosperidad con moderación. (…)
Gibbon, Edward. Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Ed. Turner. Madrid, 2006; p. 78.
La relación de Juliano con la arquitectura puede ir más allá de las restauraciones de templos paganos o de la desastrosa reconstrucción del Templo de Jerusalén. El arquitecto como hombre virtuoso puede ver reflejada su actitud hacia el proyecto de la misma forma que el emperador pagano se aproximaba a la religión. Podemos incluso encontrar analogías entre la situación general de la arquitectura actual y la de las religiones del Imperio Romano en aquella época.
Gibbon nos presenta un Juliano virtuoso, pero su virtud, a diferencia de la de sus predecesores, es artificial, frívola hasta cierto punto y contaminada por las supersticiones surgidas al calor del paganismo agónico. El arquitecto actual muchas veces pretende seguir el camino de los “virtuosos” maestros del movimiento moderno, pero, consciente de que el progreso tecnológico ha invalidado sus principios y que estos mismos han sucumbido ante el fracaso social, incurre continuamente en los peores vicios previstos por unos arquitectos que difieren poco de la corte de magos y adivinos de la que se rodeó este emperador romano.
Hoy día la arquitectura se encuentra en un momento de incertidumbre. Las verdades absolutas del Movimiento Moderno, surgidas sincréticamente de las vanguardias, demostraron ser incapaces de responder a las necesidades de una sociedad envuelta en la anomia.
Ante ese fracaso han surgido nuevas corrientes, muchas de ellas como herederas directas de la modernidad, y otras que son herederas de una tradición mucho más antigua, el clasicismo, que a pesar de las persecuciones ofrece un rayo de luz en nuestro grisáceo mundo postindustrial.
Sin embargo, el arquitecto, como Juliano con el cristianismo, se niega a admitir las virtudes de la arquitectura clásica y se aferra a los valores caducos de la modernidad con el pesar y la indignación del pueblo. Incluso cuando restaura actúa con el mismo desprecio que hacía gala el último emperador pagano al desdeñar las Iglesias de Antioquia y dirigirse con veneración al Templo de Apolo a restaurar su culto pagano, en una perezosa ceremonia hasta donde los propios sacerdotes del dios actuaron con desidia. En definitiva, Juliano vivió en un mundo agónico que era plenamente consciente de que una Verdad y una Fe nuevas habían iluminado al mundo.
Y el arquitecto contemporáneo, hastiado de los vicios del experimento moderno, debería mirar hacia el clasicismo como una verdad nueva y antigua a la vez, y olvidar de una vez por todas las supersticiones surgidas tras la debacle de la modernidad, que no sólo sucumbió en Pruitt Iggoe en 1972 sino también enAlmazán en 2010.


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